Salgo a la noche. En mi casa, nadie. En la calle, desierto. Bajo los peldaños, uno, dos, tres... una extraña sensación se apodera de mí, y un raro pensamiento me hace detenerme en el quinto escalón. Miro a un lado, al otro, al frente, hacia atrás. No sé qué es, pero de repente tengo que pararme. Cierro los ojos, respiro hondo y lo comprendo todo. Me habla, por fin. Y yo que pensé que se había ido para siempre, pero es que mi musa siempre estuvo ahí, y tan solo me hacía falta hacerme uno con el silencio para poder escucharla.
Medio minuto en el silencio, y me dio una idea.
Un minuto, y me abrió los ojos a algo más grande.
Dos minutos, y supe que tenía mi objetivo, el valor y el coraje para conseguirlo.
Ya sé lo que quiero. Ya sé que no voy a poder rendirme. Ya sé que es tan solo un leve sueño, pero es un sueño al fin y al cabo, uno que llevo tiempo persiguiendo sin saberlo y que haré cuanto esté en mi mano para hacerlo real.
Esta noche, a esta hora, mi musa me ha cogido las manos y ha escrito estas líneas. Después de tanto tiempo, el silencio la ha traído a mí, a mi lado, conmigo, de donde nunca se fue.
Y volveré a escuchar al silencio, portavoz de mi inspiración.
Ven, mi dama, mi hermosa dama. Aún no lo sabes, pero yo soy él. El que cogerá tu mano, besará tu alma, acariciará tu piel, arropará tus sueños. Me perderé en tu pelo y me caeré en tu regazo. Ven, mi dama, y yo acercaré el paraíso un poco más.
