jueves, 3 de julio de 2014

Ícaro



Y se cayó.

Había perdido ya la cuenta de cuántas veces había tropezado. El camino era tortuoso, lleno de obstáculos desconocidos en el mundo del que venía, tan lejano y tan olvidado. Sin embargo, seguía a una figura que avanzaba por esa senda tan extraña como si fuera su propia casa, con una ligereza y naturalidad que lo tenía embobado.

Se hipnotizó, e intentó correr tras ella. Se puso a su altura en poco tiempo, pero sus pies eran torpes. Su corazón no obstante era puro fuego. Probó de sus andares, y murió en ellos. Se extinguió, y renació con una nueva personalidad, con un nuevo objetivo. Se propuso volverse inmortal en esa mujer tan irreal. Pero para ello tendría que seguir corriendo a su ritmo, porque ella era libre y volátil y no se dejaba atrapar, no quería ser atrapada. Él lo supo, y no intentó atarla con un lazo sino que apretó el paso con sus nuevos pies, aprendiendo a correr antes que a andar. Y los tropiezos se sucedieron. Cada golpe dolía más que el anterior, y con cada caída ella le tomaba más y más ventaja y se veía cada vez más y más lejos.

Y se cayó. Por enésima vez. Perdió la cuenta, perdió el aliento. La cabeza la tenía perdida ya de antes, el corazón estaba desbocado de puro fuego y magia y amor. Pero los pies no le siguieron el ritmo, esos pies nuevos que estaban hechos para volar al lado de la mujer no aguantaron la veloz carrera que llevaba ella hacia su libertad. Y él cayó y la miró desde la distancia, cómo corría, sus formas, su pelo, su aroma que aún le llegaba de cualquier parte.

Se levantó y se miró a los pies, nuevos pero rotos y ajados de tanto correr sin siquiera haber aprendido a andar con ellos. Miro al punto dorado del horizonte donde su amor se iba perdiendo, casi fundiéndose con el sol. Se abrió el bolsillo de la camisa y se miró el corazón, resquebrajado por el golpe pero aún en llamas. Se quitó el sobrero y tocó su cerebro. Parecía funcionar aún. Se quitó la camisa y se miró el cuerpo. Mil heridas surcaban su torso, mil moratones coloreaban su piel. Mil rasguños conformaban un mapa curtido a golpes, pero pese a todo aún podía moverse. Miró el camino, sus baches, sus zanjas, sus trampas, sus emboscadas, las huellas marcadas que se correspondían con las que estaban grabadas en su interior y que pertenecían a aquella misteriosa y sencilla figura. Y empezó a comprender el paisaje, a saber cómo esquivar sus obstáculos y poder pisar fuerte y rápido, a cómo volver a alcanzar el sol.


Se levantó y empezó otra vez a correr, persiguiendo aquellos andares de brillante purpurina dorada.