ardiente, que nos ha envenenado,
y ahora estamos hechizados
Encantados
Pura magia
Que brota con rabia
De cada palabra.
No es mi labia,
Es magia
Conjuros de fuego
Como el ardor de tu
cabello
Has sido mi musa
En este momento eterno
Y despiertas
Y es verano
Y es magia
Y estoy a tu lado
Y no soy poeta ni pretendo serlo, es solo que, una vez cada cierto tiempo, la inspiración ataca a mi cabeza antes de dormir y esa noche tengo que coger papel y bolígrafo y escribir algo. Esto no ocurría desde hace más de dos años, y no sé por qué o por quién o por lo que sea me volvió a pasar en la madrugada del 22 al 23 de julio, a eso de las 3:30. Sé que no es nada del otro mundo, que las rimas son sencillas y que la métrica me la paso por el forro. Pero así soy yo, cuando me viene esta vena éste es mi estilo. No busco palabras gradilocuentes ni rimas complicadas y elaboradas en los poquísimos poemas que he escrito, al revés. Soy un tío sencillo, quiero transmitir eso. Habrá a quien le guste más y a quien le guste menos. No busco, como dijo el polluelo al águila, el aplauso ajeno, simplemente me viene la inspiración y lo comparto con vosotros. Aunque, eso sí y como siempre, espero que os guste. Un abrazo a todos.
Érase una vez un águila que volaba, libre y hermosa, por el cielo gris plomizo. Era un animal solitario, aunque de vez en cuando se unía a alguna bandada. Desde abajo, desde un nido en un árbol, un polluelo la vio tan majestuosa, con sus plumas pardas y grises, sus zarpas de acero, su pico aguzado. El polluelo, envidioso, abrió sus alas pequeñas, e intentó volar, pero no pudo. Lo volvió a intentar, y cayó sobre las ramitas y plumones que conformaban el suelo del nido. El águila se acercó, y preguntó interesada si podía ayudar.
- No puedo volar como tú - le dijo el polluelo, disimulando mal su envidia -, pero yo estoy mejor que tú, porque no tengo que salir de mi nido. Aquí estoy cómodo y calentito. No necesito volar.
- ¿Y no te gustaría hacerlo? Se ven muchas cosas desde allí arriba, ves mundo, abres tu mente... es algo que todos deberían probar.
- He dicho que no - replicó el polluelo -. No necesito volar, no soy tan presuntuoso como tú, que te exhibes a cada pasada y que pareces buscar solo el aplauso ajeno.
El águila grande, lejos de sentirse ofendida, lanzó una pequeña risita.
- Como quieras. Vive tu vida en tu confort, no te muevas más de lo necesario. No salgas de ahí, vive encorsetado en tus costumbres, busca tu porvenir en el nido donde estás tan cómodo y caliente. Yo saldré, volaré, buscaré otros nidos, viviré mil viajes, sentiré el viento bajo mis alas, veré criaturas extrañas, encontraré una vida tal vez no tan confortable, pero sí más emocionante. Diviértete.
Y con esas palabras, el águila volvió a extender sus alas y emprendió el vuelo. El polluelo, indignado y furioso, gritó:
- ¡No puedes irte! ¡Quiero que estés aquí, en mi nido! ¡No puedes estar en otro! Mi vida es la buena, la que hay que seguir. No puedes irte.
El águila volvió, miró al polluelo con interés y le dijo una última cosa:
- No, te equivocas. Puedo irme, y cuando quiera. Nada me ata aquí, ni puedo enseñarte cómo es mi vida. No presumo, como tú, de que sea la mejor. Pero presumo de que me hace feliz, incluso cuando estoy en situaciones incómodas. Intenta vivir eso en tu nido de comodidad calentita. Conoce a polluelos que vivan como tú, que acaten tus órdenes y que doblen sus garras y sus cuellos ante ti. Pero no cuentes con eso para mí. Yo nací para ser libre y volar a mi aire. Y por eso, puedo irme cuando quiera. Y ahora quiero, así que adiós.
Y echó a volar. El polluelo gritó, graznó, maldijo, juró, perjuró,
blasfemó, rabió y se desgañitó de ira, pero no consiguió nada. Otros
polluelos se acercaron por curiosidad, y él se acercó a uno de ellos y
le conminó a hacer su voluntad, convenciéndole de que su vida era la
mejor. Desde las alturas, el águila lo vio, y rió. Sus alas batieron el
viento, libre al fin. Otras águilas se acercaron a ella, volaron un
tiempo juntas y se separaron. Esa era la vida que anhelaba.
Independiente, libre e inmortal.
Un sabio dijo en una ocasión que
uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde. Es uno de los tópicos más
empleados en la historia, lo sé. Y yo huyo de los tópicos siempre que puedo,
pero es imposible hacerlo cuando se materializa.
Y mis nuevos e inexistentes
lectores dirán “Caramba, una batallita”. Y mis nietos, igualmente inexistentes,
dirán “¡Sí, yayo, cuéntanos otro cuento! ¡Preferimos el de la caída en la
alberca!”. Si es que conocen el significado y concepto de “alberca”, que a este
paso lo dudo. Y mis antiguos y perseverantes, a la par que atractivos,
bienamados y, espero, existentes lectores, dirán “Mierda, otra vez a las
andadas”. Y todos ellos habrán acertado.
Uno no se cansa de meter la pata.
Bueno, realmente sí que me canso porque no mola nada, pero parece ser que meter
la pata no se cansa de mí, y eso mola menos aún. Una vez más, el profesional en
metepatosidad que os escribe lo consiguió hace poco. Por no saber lo
que tenía. Por no haber sabido corresponder lo que estaba en mis manos, sin
quererlo huí de su corazón.
Y aquí, meto el giro argumental inesperado.
¿He perdido?
Yo diría que no. ¿Por qué? Porque
hoy, hoy me río de todo. Hoy, por sorpresa, solo traigo a mi memoria buenos recuerdos,
buenos momentos, y sonrío por todo. He dejado escapar un pequeño sueño, sí,
pero no lo lamento. Adiós. Sé feliz y disfruta de tu vida. No lo harás tanto como conmigo, eso
siempre lo tendré presente. Y a lo mejor es mentira, pero quiero y voy a pensar
que no. Que la vida a mi lado es maravillosa, que nadie va a gozar tanto de su
existencia como quien está conmigo. ¿Soy idiota? Pues sí, seguro. Y además no
poco, que me conozco. Pero pocos pueden decir que son completamente
felices. Y yo, con mi idiotez (o semi-idiotez, que tampoco es cosa de ponerse a
parir tan gratuitamente, oye…), puedo asegurarlo. Yo soy feliz, sin duda.
Y ahora, más que nunca.
Y ahora, vuelvo a soñar.
Y ahora, me siento más vivo.
Y ahora, soy mucho más fuerte.
Y ahora, vuelvo a ser el lobo, el
lobo inmortal, inmune, indomable, invencible.
Y ahora, desaparezco. He de perderme
en un fuego carmesí de ojos pardos.