- Eres un buen chico, por eso no quiero hacerte daño.
Era ya la enésima vez que escuchaba esa frase. Un odio
irracional se apoderó de mí, salté de la silla y la tiré contra la pared. Lo
mismo hice con la taza de café, la mía y la suya. Agarré la mesa y la destrocé
en el suelo a patadas y pisotones. Cogí una de las patas y la reventé contra el
marco de la puerta de la cafetería. La gente siguió tomando su refrigerio sin
inmutarse del espectáculo, como tampoco lo hizo la chica frente a mí que siguió
cómodamente sentada en la butaca.
- No te lo tomes así. Eres buena persona, por eso no es
mi intención herirte.
“Por Diox, cállate”, pensé. El ridículo que implicaban esas
palabras pronunciadas por una boca que antes había besado despertaba una ira
inconcebible en mi interior. Mis entrañas ardían, mis puños se crispaban y solo
pensaba en destrozar, arrasar, machacar. Pensé en cómo me habría gustado tener
a mano un mandoble y liarme a golpes y tajos con todo el mobiliario del local.
Y tal vez algún cliente, eso ya se vería en el frenesí berzerker en el que
quería imbuirme.
“¿Y ahora, qué?”, barruntaba por enésima vez también. Abandoné
la cafetería, abandoné a la chica, abandoné mi ira y mi odio y me encaminé a la
calle con la cabeza sumida en una honda reflexión. Estaba harto, eso era lo único
claro. Harto de ser el “buen chico” al que no hay que hacerle daño. A lo mejor
no tendría que ser así, a lo mejor ser el “buen chico” no es el camino
correcto. A lo mejor la solución es ser un cabrón, un insensible, una persona
fría y frívola que no se preocupe más que lo justo por la otra persona. Tal vez
sea ese el secreto, porque ser el “buen chico” no es justo para mí. No es
justo, porque cuando se me dice “eres un buen chico y no quiero hacerte daño”
me duele más que si me mandan a la mierda.
Porque si me mandan a la mierda, al menos puedo cagarme en
la puta madre de quien sea sin remordimientos.
Todo esto me hace reflexionar en el camino que tomé hace unos años, en si la felicidad de la que presumo abarca tanto como creo o por el contrario está limitada por unas vallas que se levantaron sin yo saberlo. Ahora creo que es así, en honor a la verdad. La vida me sonríe, cierto, pero ahora veo los muros y no estoy dispuesto a dejar que existan. Soy el "buen chico", no me cabe duda. Y eso es un muro, o parte de él al menos. Y yo no era así cuando empezó el cambio radical que me convirtió en la persona que me enorgullece ser. No me malinterpretéis, no creo que fuera una mala persona. Es simplemente que no trataba de agradar a todo el mundo de primeras, sino que estrechaba mucho el círculo de personas a las que quería ver reír. Tal vez esa sea mi solución, dejar de ser el eterno tipo simpático que va riendo a todas partes para volver a ser el amigo de sus amigos, que cuida de que los que estén bien sean los que realmente merecen la pena para sí mismo, no un desconocido que acaba de llegar a su vida. Demostrar, demostrar que esa persona es merecedora de mi confianza y mis esfuerzos para evitar golpes y que aflore esa ira berzerker que se apoderó del "buen chico".
¿Es ese el camino correcto? Tal vez. Ahora mismo, creo que sí. Pero dentro de ese camino hay algo más profundo, no es solo una regresión a tiempos anteriores. Hay algo más.
Todo aquel que me conoce un poco más de lo meramente superficial sabe que si un triskel cuelga de mi cuello no es por pura estética. Hay una filosofía detrás, un modo de ver y comprender la vida y al ser humano. Lo que esto simboliza se representa ahora como una batalla entre las tres ramas del símbolo. Una se deja llevar por el viento, aceptando lo que llegue sin preocuparse de más. Las otras dos llevan el conflicto principal, atormentando a la primera con sus disputas.
¿Quién vencerá?
La razón, espero. Es el camino que me ha traído hasta aquí.
Todo esto me hace reflexionar en el camino que tomé hace unos años, en si la felicidad de la que presumo abarca tanto como creo o por el contrario está limitada por unas vallas que se levantaron sin yo saberlo. Ahora creo que es así, en honor a la verdad. La vida me sonríe, cierto, pero ahora veo los muros y no estoy dispuesto a dejar que existan. Soy el "buen chico", no me cabe duda. Y eso es un muro, o parte de él al menos. Y yo no era así cuando empezó el cambio radical que me convirtió en la persona que me enorgullece ser. No me malinterpretéis, no creo que fuera una mala persona. Es simplemente que no trataba de agradar a todo el mundo de primeras, sino que estrechaba mucho el círculo de personas a las que quería ver reír. Tal vez esa sea mi solución, dejar de ser el eterno tipo simpático que va riendo a todas partes para volver a ser el amigo de sus amigos, que cuida de que los que estén bien sean los que realmente merecen la pena para sí mismo, no un desconocido que acaba de llegar a su vida. Demostrar, demostrar que esa persona es merecedora de mi confianza y mis esfuerzos para evitar golpes y que aflore esa ira berzerker que se apoderó del "buen chico".
¿Es ese el camino correcto? Tal vez. Ahora mismo, creo que sí. Pero dentro de ese camino hay algo más profundo, no es solo una regresión a tiempos anteriores. Hay algo más.
Todo aquel que me conoce un poco más de lo meramente superficial sabe que si un triskel cuelga de mi cuello no es por pura estética. Hay una filosofía detrás, un modo de ver y comprender la vida y al ser humano. Lo que esto simboliza se representa ahora como una batalla entre las tres ramas del símbolo. Una se deja llevar por el viento, aceptando lo que llegue sin preocuparse de más. Las otras dos llevan el conflicto principal, atormentando a la primera con sus disputas.
¿Quién vencerá?
La razón, espero. Es el camino que me ha traído hasta aquí.





