lunes, 15 de julio de 2013

El arte de errar


Intentamos aprender de nuestros errores.

La vida nos da palos continuamente, pero cada uno echa mano de su fuerza de voluntad para levantarse después de cada golpe. Unos más rápido, otros más lentos, pero todos somos reacios a quedarnos en el suelo. Y aprendemos, o lo intentamos. De cada error, una nueva enseñanza.

Pero es duro. Y mucho. Porque los errores te acompañan toda tu vida. Pasados, presentes y futuros, siempre habrá opciones erróneas y caminos que no debes tomar. Incluso echarás a andar por senderos que te den una vuelta y terminen exactamente en el mismo punto en el que estuviste hace años. Verás cambios en el paisaje, evidentemente, pero el punto es el mismo que el de inicio, y sabes que podrías volver a empezar el mismo viaje...

El caminante reconoció la encrucijada. Años atrás, cuando comenzó su andadura, la vio por primera vez. En aquel momento no dudó y cogió el camino que le pareció más rápido para llegar a un destino que ni él mismo conocía. El terreno era hermoso y en su viaje vio muchos pequeños desvíos que ignoró, pero poco a poco la vía principal se fue estrechando hasta que no tuvo más remedio que abandonarla porque no hacía más que tropezar y caer. Siguió andando como sin rumbo, aunque sus pasos lo llevaron a lugares lejanos que dejaron huellas y recuerdos en su mente y su corazón. Y entonces, llegó otra vez.

La encrucijada, esa división del camino que tanto le hizo pensar en el pasado. La fotografía era diferente, eso sí. Todo parecía más viejo, como descolorido. Los árboles tenían hojas que aún reverdecían, pero no brillaban tanto como antes. O eso le pareció. El río que corría al lado y que tendría que cruzar para seguir la otra senda, la que no anduvo en su día, cantaba menos alegre que unos años atrás. El caminante se detuvo y reflexionó. Su sabiduría, creía él, se había incrementado con los años, así que la decisión seguro que sería la correcta. Además, ya conocía los errores que había cometido y sabía, o creía que sabía, que no volvería a cometerlos. Volvió a tomar el camino de la primera vez.

Pensó en tomar alguna de las rutas que dejó atrás en su primer periplo por este camino. y así lo hizo. El viaje se hizo complicado, pero cada obstáculo que superaba le hacía sentir como que había obtenido el más grande de los tesoros. Sin embargo, todo tesoro que creyó obtener no fue sino una quimera. El camino terminó, por muchos muros que hubiera derribado, de forma abrupta. Tropezó, cayó de bruces al suelo y se levantó sacudiéndose el polvo. Cuál fue su sorpresa, cuando se creía sabio, que lo que vio delante de sí no era otra cosa más que su encrucijada.

El caminante reflexionó. Su experiencia le había enseñado cosas magníficas en el camino que recorrió, con sus pequeñas variantes. Pero ambos senderos le habían traído de vuelta al punto de partida sin importar los desvíos que tomara.

El viajero, cansado, se sentó sobre una piedra y miró las rutas que se le ofrecían... Equivocarse de nuevo le resultaba tentador, pero el otro camino, que ahora parecía liso y brillante, también le llamaba la atención. Sin embargo tenía plena consciencia de que no dura mucho la brillantez.

El caminante reflexionó, y aún sigue sentado en su piedra.

martes, 9 de julio de 2013

Héroes


El soldado avanza, cabizbajo. Ha sido lo que otros llamarían "un gran día": el enemigo no ha podido avanzar ni un centímetro y su pelotón ha conseguido introducirse entre las líneas del rival y han causado grandes estragos. Ahora mismo, de hecho, se encuentran en mitad del campo enemigo intentando asegurar una base y montar un pequeño campamento. Son héroes. Sus compañeros ríen y fanfarronean, jactándose de lo fácil que ha sido todo. Las armas, ligeras y pesadas, descansan en un montón lo suficientemente ordenado como para cogerlas en caso de ataque pero lo suficientemente desordenadas como para considerarlas un montón de chatarra. El soldado mira el montón, lo observa, y esboza una sonrisa que nada tiene de feliz.

Un compañero se le acerca y le palmea la espalda con camaradería, recordándole lo bien que lo ha hecho "ahí fuera". Le devuelve el gesto y agradece su alabanza con un movimiento de la cabeza, casi sin pensar. ¿Héroes? En su mente lo que hay es otra cosa: hoy ha matado inocentes. Tal vez inocentes armados, soldados enemigos o civiles de la calle, pero tanto da. Eran personas que no debían verse involucradas en esta guerra. Su cerebro decide dar un paso más, y se atreve a formularle una pregunta para la que no encontrará respuesta: ¿quién merece verse involucrado en una guerra?

Héroes... El soldado que ha matado inocentes por primera vez coge su saco de dormir y se dispone a echar una cabezada de un par de horas. Después, le tocará hacer guardia. Se duerme de puro agotamiento físico, pero su sueño es agitado y violento, así que descansa poco. Su superior le levanta zarandeándolo a las dos horas. Es su turno. Nada ocurre, a lo lejos se oyen disparos y alguna explosión, pero nada que no sea normal en estos días. "Qué fácil nos ha resultado acostumbrarnos a la muerte", piensa. Le da un mordisco a un trozo de cecina seca y mastica, pero hasta que no bebe un trago no es capaz de bajarlo por el esófago. Cuando amanece, echa un vistazo a su alrededor. La aldea que han conquistado es pequeña, los muros de piedra son sólidos pero las puertas estaban muy deterioradas y no han resistido un par de golpes de su ariete portátil. Los pocos soldados que allí había ahora descansan eternamente en las calles, amontonados sus cadáveres en la plaza central. También hay cuerpos mezclados de hombres, mujeres y niños que se han atrevido a levantar un arma contra ellos. A uno de los niños, de apenas unos quince años, lo mató él mismo. Una lágrima se asoma a su ojo al recordar la cara de puto terror del pequeño, "pero era su vida o la mía", se obliga a recordar. De no haberlo matado, el chaval podría haber usado la pistola de su padre.

El sol se alza, los soldados se ponen en pie y, cuando están preparados, organizan una batida. El soldado que ha matado a un niño inocente entra por las casas, buscando focos de resistencia que sofocar. De repente, en una de ellas se encuentra de frente con un espejo. Se mira, observa su aspecto, demacrado y ojeroso por las noches durmiendo al raso, poco y mal. El uniforme le viene grande, fruto de las pocas comidas que pueden cargar y lo que cuesta pasarlas por el gaznate con el poco agua del que disponen. Ha perdido pelo, y lo que le queda se está encaneciendo a un ritmo terrible. Pero eso le importa poco, nunca ha cuidado en demasía su aspecto. Lo que realmente le choca, lo que no cuadra en esa imagen, es el fusil que lleva en sus manos. No le gusta lo que ve. No se explica cómo ha acabado ahí, por qué lleva un arma en ese momento. El soldado que ha matado a un niño inocente con ese fusil prepara el arma y dispara a lo que está mirando.

Pero no al espejo.