Intentamos aprender de nuestros errores.
La vida nos da palos continuamente, pero cada uno echa mano de su fuerza de voluntad para levantarse después de cada golpe. Unos más rápido, otros más lentos, pero todos somos reacios a quedarnos en el suelo. Y aprendemos, o lo intentamos. De cada error, una nueva enseñanza.
Pero es duro. Y mucho. Porque los errores te acompañan toda tu vida. Pasados, presentes y futuros, siempre habrá opciones erróneas y caminos que no debes tomar. Incluso echarás a andar por senderos que te den una vuelta y terminen exactamente en el mismo punto en el que estuviste hace años. Verás cambios en el paisaje, evidentemente, pero el punto es el mismo que el de inicio, y sabes que podrías volver a empezar el mismo viaje...
El caminante reconoció la encrucijada. Años atrás, cuando comenzó su andadura, la vio por primera vez. En aquel momento no dudó y cogió el camino que le pareció más rápido para llegar a un destino que ni él mismo conocía. El terreno era hermoso y en su viaje vio muchos pequeños desvíos que ignoró, pero poco a poco la vía principal se fue estrechando hasta que no tuvo más remedio que abandonarla porque no hacía más que tropezar y caer. Siguió andando como sin rumbo, aunque sus pasos lo llevaron a lugares lejanos que dejaron huellas y recuerdos en su mente y su corazón. Y entonces, llegó otra vez.
La encrucijada, esa división del camino que tanto le hizo pensar en el pasado. La fotografía era diferente, eso sí. Todo parecía más viejo, como descolorido. Los árboles tenían hojas que aún reverdecían, pero no brillaban tanto como antes. O eso le pareció. El río que corría al lado y que tendría que cruzar para seguir la otra senda, la que no anduvo en su día, cantaba menos alegre que unos años atrás. El caminante se detuvo y reflexionó. Su sabiduría, creía él, se había incrementado con los años, así que la decisión seguro que sería la correcta. Además, ya conocía los errores que había cometido y sabía, o creía que sabía, que no volvería a cometerlos. Volvió a tomar el camino de la primera vez.
Pensó en tomar alguna de las rutas que dejó atrás en su primer periplo por este camino. y así lo hizo. El viaje se hizo complicado, pero cada obstáculo que superaba le hacía sentir como que había obtenido el más grande de los tesoros. Sin embargo, todo tesoro que creyó obtener no fue sino una quimera. El camino terminó, por muchos muros que hubiera derribado, de forma abrupta. Tropezó, cayó de bruces al suelo y se levantó sacudiéndose el polvo. Cuál fue su sorpresa, cuando se creía sabio, que lo que vio delante de sí no era otra cosa más que su encrucijada.
El caminante reflexionó. Su experiencia le había enseñado cosas magníficas en el camino que recorrió, con sus pequeñas variantes. Pero ambos senderos le habían traído de vuelta al punto de partida sin importar los desvíos que tomara.
El viajero, cansado, se sentó sobre una piedra y miró las rutas que se le ofrecían... Equivocarse de nuevo le resultaba tentador, pero el otro camino, que ahora parecía liso y brillante, también le llamaba la atención. Sin embargo tenía plena consciencia de que no dura mucho la brillantez.
El caminante reflexionó, y aún sigue sentado en su piedra.

