jueves, 28 de febrero de 2013
El hombre-herramienta que acabó cansado
lunes, 25 de febrero de 2013
El guerrero blanco
Sacaste tu escudo. Colgaste tu espada del cinto. Tu armadura de sólido acero cubrió tu cuerpo en su totalidad. Las frías anillas de la cota de mallas mordían tu carne, transmitiéndote así su dureza. Trajiste su imagen a tu mente, y tu corazón se hinchó de fuego y coraje.
Saliste. El frío desierto de sal no era sino un erial inerme. Las tierras, saladas e inhóspitas, te recibieron con un beso de aire helado. Tu primer paso levantó una pequeña nube de polvo blanquecino alrededor de tus pies. Andabas con firmeza y decisión, determinado a cumplir con tu objetivo.
Durante leguas caminaste sin descanso. Mataste cuando tuviste que hacerlo. Te emborrachaste un par de veces. Amaste. Reforjaste tu escudo. Afilaste tu espada más veces de las que puedes recordar. Volviste a ponerte el yelmo de malla y metal y saliste al mundo una vez más.
El sol te cegó. Un sudor frío bajó por tu frente, escociéndote los ojos. Probaste incluso el sabor salado en tus labios. Las piedras del desierto, como pequeñas calaveras medio escondidas entre la sal, te miraban fijamente esperando verte caer. Las interminables dunas alargaban el paisaje hasta el infinito, uniendo el cielo y la tierra en una lejana franja de un tenue color azulado.
Anduviste, más cansado a cada paso. Poner un pie por delante del otro se convirtió en un auténtico reto. La sal del desierto te absorbía las fuerzas. El sol ponía a prueba tu cordura metiendo sus rayos por tus ojos hasta dejarte ciego. durante segundos, tal vez minutos. Las rocas ansiaban tu fracaso, y en tu ya casi locura casi podías oírlas aplaudir cuando tropezabas con ellas. Finalmente, caíste. Rodaste sin detenerte hasta la base de una duna bastante alta que acababas de trepar penosamente. Levantaste la vista, y lo viste.
Unas grebas de metal blanco, tan blanco que parecían surgir del mismo suelo que pisaban. Una armadura de plata refulgente con engastes en rosa y azul. Complicados grabados adornaban el pecho, los hombros y los brazos de aquella presencia. Un casco alado, también de plata, con el rostro tapado por el visor. Una cara cincelada en el metal, una cara de un niño sonriendo cruelmente. Y a su costado, enganchado en un cinturón de suave cuero azul claro, un martillo de guerra forjado en acero negro.
Te pusiste en pie, con más pena que gloria. Tragaste saliva y desenvainaste tu espada, gastada y mellada. Descolgaste tu escudo, sólido pero abollado y maltratado. Tragaste saliva de nuevo, un trago amargo que te costó bajar por la garganta. Tu rival cogió el martillo y lanzó el primer golpe. A duras penas conseguiste esquivarlo. Te pusiste en pie y buscaste un hueco para atacar. No lo había. El martillo cayó de nuevo. Esta vez no pudiste evitarlo y colocaste el escudo. El arma rompió madera, metal y hueso. Un alarido de dolor brotó de tu boca, pero pudiste alzarte de nuevo. Te lanzaste a por él con desesperación. Su maza cayó, golpeando esta vez tu costado.
Caíste en la sal, mordiste el blanco polvo. Ese beso salado y ardiente se mezcló con el sabor metálico de la sangre, tu propia sangre, que inundaba tu boca. Tu oponente lo vio, y rió. Enganchando el martillo nuevamente en su sitio, se dio la vuelta y extendió su capa, que antes no pudiste ver. Al principio, la percibiste blanca, pero en poco en seguida tomó el color del más oscuro carbón. Se alejó, y lo perdiste de vista antes de perder el sentido.
Despertaste al tiempo. Apoyándote en tu espada, te levantaste. Destrozado y malherido volviste a empezar el camino en pos de tu mortal oponente.
"La próxima vez - pensaste, iluso de ti - será la última. Venceré al amor".
Unas grebas de metal blanco, tan blanco que parecían surgir del mismo suelo que pisaban. Una armadura de plata refulgente con engastes en rosa y azul. Complicados grabados adornaban el pecho, los hombros y los brazos de aquella presencia. Un casco alado, también de plata, con el rostro tapado por el visor. Una cara cincelada en el metal, una cara de un niño sonriendo cruelmente. Y a su costado, enganchado en un cinturón de suave cuero azul claro, un martillo de guerra forjado en acero negro.
Te pusiste en pie, con más pena que gloria. Tragaste saliva y desenvainaste tu espada, gastada y mellada. Descolgaste tu escudo, sólido pero abollado y maltratado. Tragaste saliva de nuevo, un trago amargo que te costó bajar por la garganta. Tu rival cogió el martillo y lanzó el primer golpe. A duras penas conseguiste esquivarlo. Te pusiste en pie y buscaste un hueco para atacar. No lo había. El martillo cayó de nuevo. Esta vez no pudiste evitarlo y colocaste el escudo. El arma rompió madera, metal y hueso. Un alarido de dolor brotó de tu boca, pero pudiste alzarte de nuevo. Te lanzaste a por él con desesperación. Su maza cayó, golpeando esta vez tu costado.
Caíste en la sal, mordiste el blanco polvo. Ese beso salado y ardiente se mezcló con el sabor metálico de la sangre, tu propia sangre, que inundaba tu boca. Tu oponente lo vio, y rió. Enganchando el martillo nuevamente en su sitio, se dio la vuelta y extendió su capa, que antes no pudiste ver. Al principio, la percibiste blanca, pero en poco en seguida tomó el color del más oscuro carbón. Se alejó, y lo perdiste de vista antes de perder el sentido.
Despertaste al tiempo. Apoyándote en tu espada, te levantaste. Destrozado y malherido volviste a empezar el camino en pos de tu mortal oponente.
"La próxima vez - pensaste, iluso de ti - será la última. Venceré al amor".
sábado, 9 de febrero de 2013
Muros de océano
No hay nada en mi cabeza. Quiero escribir, contar, hacer que algo se mueva en el interior de alguien. Pero no me sale. Mi musa ha vuelto a quedar en silencio, y no lo comprendo.
¿Será cierto que hay que enfadarse para que venga?
Maldita seas, musa. Caprichosa, endiablada e incomprensible entidad. ¿Por qué me impides oír tu voz una vez más en mi oído? Hace ya tiempo que no me visitas, podrías mostrarte de nuevo.
¿Se ha ido? No lo sé. Nunca lo sé. Porque como se va, vuelve. Pero hoy, que la llamo con insistencia, ella insiste en no aparecer.
Llaman a la puerta, ¿quién será? Abro... y no hay nadie. Una mala y vieja broma. ¿Habrá sido ella, que juega conmigo a crearme la ilusión de que por fin se mostrará para darme la mano y escribir por mí lo que quiera que le falte?
No queda nada. Cierro la puerta y cierro los ojos. En el ordenador suenan los acordes de Isaac Shepard, una música que siempre fue un cebo irresistible para mi escurridiza amiga. Me veo en otro lugar, lejos de la polución madrileña. El mar azota las piedras viejas y gastadas de un acantilado que aguanta los golpes con estoicismo desde hace milenios. El agua ha grabado caras en él que miran con desaprobación la lenta tarea que el agua salada ejecuta en su tez. Desde arriba, yo miro todo esto. El viento y el agua se unen en una hermosa danza, creando figuras de espuma de plata y azur que giran y se enlazan antes de caer de nuevo a un mar de cristal. El cielo es plomizo, las nubes crean un manto impenetrable tan gris como el acero. Un relámpago rasga el cielo, y en pocos segundos le responde un trueno. La lluvia, fina y suave, empieza a caer. Mi cara se moja, mis ropas no tardan en estar empapadas. Mi cuerpo sigue quieto, mirando al infinito. De pronto, una isla aparece en medio del mar. Doy un paso adelante, y no me sorprendo al ver que no caigo al vacío ni me precipito a las procelosas aguas. Avanzo seguro de mí mismo al pequeño montículo que veo en el centro del océano. Una figura me espera allí. ¿Será ella por fin? Me queda un largo camino, pero decido no correr, no me faltan energías pero tampoco voy a malgastarlas. Ya la veo, es ella. Allí está, esperando a que la alcance por fin. Poco a poco puedo verle la cara. Su mirada me traspasa, no logro identificar el color de sus ojos. Tampoco el de sus cabellos, hechos de espuma que crece y mengua al ritmo de las olas. El mar a mi alrededor se embravece paso tras paso. La marea trata de tirarme de mi camino, pero mis zancadas son sólidas y de momento poco pueden hacer. Sigo caminando, metro a metro, y la tempestad crece. Una ola me golpea el costado con violencia. Tambaleo, pero sigo firme. Otra me cubre por completo, sumiéndome durante unos instantes en un mundo de zafiro. Pero sigo avanzando, no hay fuerza que pueda ya pararme. Ya casi estoy, ya casi la toco. Si alargo mi brazo a lo mejor llego. Estiro la mano como puedo, luchando contra trombas de agua que vienen de mar y cielo, pues la lluvia arrecia y ahora es más fuerte. Los truenos suceden a los relámpagos, como gritándome enfurecidos para que me detenga, Un rayo cae tras de mí. intentando fulminar lo infulminable. Ya casi llego, mi pie está a punto de pisar el islote, en forma de triskel. Alargo mi brazo una vez más, intentando abrazar a mi musa. Y fallo. Un muro de agua se levanta entre ella y yo y me derriba, ahora sí. Me sumerjo en las aguas del frío océano, inconsciente...
Abro los ojos. La he visto, sé que sigue ahí. A lo mejor aún no puedo alcanzarla, pero sé que está esperando el momento en el que los dos podamos dar el paso que nos falta para, por fin, fundirnos en un solo ser. Sé que llegará ese día.
Solo tengo que vencer al océano.
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