domingo, 10 de noviembre de 2013

Is this it?



Hoy es uno de esos días en los que un extraño desasosiego me llena y la única forma de aliviarlo es escribiendo en este blog que tengo abandonado, o casi al menos.

Is this it?

Es una pregunta que ronda mucho por mi cabeza. En estos días, más que nunca. Estos días en los que las prisas, el fuego, la impaciencia y la electricidad se combinan a una velocidad tan alta que escapa absolutamente a mi control.

Is this it?

Puede ser, creo que es. No sería de extrañar, dicho sea de paso. Los días pasan y aún me recorre un escalofrío por la espalda cuando pienso en ese momento, perdido en una taberna irlandesa cerca de la Avenida de América, cuando todo sucedió. No podía imaginar aquello. La intensidad que se desbordó cuando aquella caja se abrió y derramó todo su contenido sobre mí fue abrumadora. El tiempo se había parado, ya nada importaba más que aquél momento en que el universo, los universos decidieron dejar de andar. Y desde ese momento, que duró segundos, minutos u horas, está esa pregunta en la mente...

Is this it?

viernes, 20 de septiembre de 2013

Solo un poco más de tiempo


— ¿Alguna vez has tenido esa sensación en la que todo o casi todo escapa a tu control? Esa sensación de que cualquier cosa que hagas, por grande y esplendorosa que sea, quede sumida en la más absoluta oscuridad o sea completamente irrelevante. Que tal vez sea eso, tan solo una sensación porque todos lo contemplarán con la magnitud que tú le has querido dar, pero que para ti y tu meta es algo que quedará en la sombra. Pues es en esos momentos cuando uno descubre la potencia de su alma. Es en esos momentos lúgubres, en los que la mente busca que te sientes en un rincón con las manos en la cabeza, cuando tienes que sacar tu corazón de su jaula y darle rienda suelta. Hazlo, lo que sea, e inténtalo con todo lo que hay en tu interior. Dale una paliza a tu cerebro, enséñale que no siempre tiene la razón. Dalo todo, incluso cuando creas que es un imposible. Recuerda justamente eso, que es un imposible y que lo imposible solo quiere decir que te costará un poco más de tiempo. Y recuerda otra cosa: cualquier imposible que consigas revertir será un tesoro, pero no uno cualquiera. Será el tesoro que más aprecies en tu vida, esa medalla a la que mirarás con un amor tal que no podrás desprenderte de ella en lo que te queda de existencia. Es en esos momentos en los que nada de lo que haces te parece ser importante cuando das los pasos más audaces del camino a tu meta. No te achantes, no te vengas abajo. Si deseas algo, lánzate a por ello sin miedo, sin red.


— ¿Y si me caigo?



— ¡Si te caes, te levantas! ¡No eres frágil! Eres tan frágil como estás dispuesto a admitir. Tu fuerza está en tu interior. Y sí, es justo en esos momentos cuando es más fácil pensar que te caerás, pero ¡joder, no! ¡No tiene por qué ser así! Si lo das todo, si pones todo tu corazón en la causa y no flaqueas, no caerás. Eres tan fuerte como quieras serlo. Cuando parezca que no tienes nada más que hacer, haz todo lo que tenías pensado cuando creías lo contrario. Es la única forma de invertir lo imposible y ponerlo de cara. Recuerda que esto es como una guerra, y que antes caerá el que piense que ha perdido antes de empezarla. Sin embargo, el que crea de verdad que puede ganar será seguramente el que se lleve la victoria. Por eso no puedes pensar en la derrota, sino siempre en que podrás con todo lo que te venga por delante. No lo olvides, muchacho. Nunca tendremos todo bajo control, pero lo poco que esté bajo nuestro dominio es a lo que tendrás que agarrarte y no soltarlo jamás. No te dejes caer porque lo veas negro: rompe el lienzo y píntalo de tu color, dale la forma que tú quieras que tenga. Es la única forma.

martes, 10 de septiembre de 2013

La obra maestra



¡CLANG! El martillo cae. La pesada masa de hierro que es la cabeza de la herramienta golpea con dureza el metal incandescente. Las chispas saltan por todas partes, fugaces destellos de un nuevo comienzo. El herrero se para un momento, pensativo. No sabe qué está forjando, simplemente su mente le dijo que tenía que empezar a forjar.

¡CLANG! Otra vez. Su obra está comenzando, y sabe que le llevará tiempo sacar una forma de esto, pero no debe desesperar. Poco a poco, sus golpes, dados con constancia y determinación, acabarán arrancando una figura, tal vez una espada, una armadura o un simple juguete, de la roja y ardiente informidad que tiene delante.

¡CLANG!

¡CLANG!

¡CLANG!

¡CLANG! Los golpes se aceleran, el herrero no es consciente de ello pero poco a poco la velocidad de su brazo ha aumentado y las chispas ahora vuelan cada pocos segundos. El metal al rojo va adoptando una forma, pero es extraña y obscena. Pero ya no puede parar, y al poco tiempo ya no existe. Una pieza convertida en nada, destrozada por un par de martillazos acelerados. Las pequeñas llamas han quemado sus brazos, dejando en ellas una historia escrita de frustración y fracaso. El herrero las mira, dolido, extrañado y triste. Observa lo que pudo ser su obra maestra, destruida por su impaciencia de convertirlo en algo grande. Con las pinzas, atenaza el metal amorfo y lo mete en agua helada, enfriándolo al instante. El chisporroteo se extiende por toda la fragua, el vapor lo atrapa por unos instantes y el sonido del líquido elemento evaporándose de repente inunda sus oídos, llegando hasta la base de sus pensamientos. "Una obra hundida", piensa. Con rabia, coge la fría ruina y la lanza contra la pared, donde queda un profundo boquete.

Su mirada se desplaza hacia abajo, y ve que donde ha caído su último fracaso hay una pequeña pila de obras inacabadas, arruinadas por su poca paciencia a la hora de trabajar. Su cabeza cae, sus hombros se hunden. Su mirada se pierde en un mar de lágrimas y el amargo sabor del llanto brota de su garganta. ¿Acaso no es lo que debería hacer? ¿Es todo un error? ¿Debería abandonar su sueño de crear una obra maestra, la espada más sólida, la armadura más resistente o el escudo más protector?

Empieza a andar por la fragua, sumido en sus negros pensamientos que reflejan la oscuridad que el desasosiego crea en su interior. Sus ojos se pierden en el infinito.

"¡CLANG!". Ha sonado en su cerebro. Un martillo ha caído sobre un yunque en lo profundo de su mente. El herrero lo intenta rechazar. No es el momento de crear nada, no quiere volver a coger el martillo. Derrotado, se retira a su casa. Se encierra, y durante meses no sale apenas más que para comer y mantenerse vivo. En su cabeza resuenan los ecos del último golpe. "¡CLANG!"

Hoy, el herrero se ha levantado. Su mirada es oscura, su boca esboza una mueca feroz, su ceño fruncido expresa una ira retenida, una rabia no desatada que puede explotar en cualquier momento. Se ha dirigido a su fragua, ha cogido un viejo trozo de acero y lo ha metido en el fuego. Sin alterar su expresión, extrae de entre las llamas anaranjadas una pieza carmesí de metal incandescente. La coloca sobre su viejo y gastado yunque, coge su pesado y no menos viejo martillo. Respira, respira muy hondo y deja que el aire expanda su torso, lleno de pequeñas quemaduras de sus anteriores fracasos. Una figura se ha formado en su mente, algo a lo que darle forma. Piensa, piensa e intenta relajarse y ser paciente. Levanta el martillo.

"Esta será mi obra maestra".

¡¡CLANG!!

viernes, 30 de agosto de 2013

¿Y ahora, qué?


Y ahora... ¿qué?

Sabía yo que no iba a durar. Un día alegre, un día que empezó como los mejores, poco a poco se ha ido torciendo. ¿Por qué? No lo sé, pero pasito a pasito la mierda ha ido invadiendo el tiempo y al final me ha llegado al cuello. Y solo es mediodía, cuidado...

¿Qué hago ahora? Es la pregunta que me ronda por la cabeza... Porque si bien no me encuentro en mi mejor estado psicológico, mi mente se agarra a mis ideales y sueños tan diabólicamente optimistas en estas ocasiones. Pero son clavos ardiendo. Al menos, ahora mismo lo son. Aguanto por cabezonería y orgullo, porque por mis cojones que puedo, pero a veces (cada vez con más frecuencia, me temo) me canso... Y me dan ganas de dejarlo todo, de encerrarme en mí, en mi santuario y mi mente y olvidar todo...

¿Y ahora, qué?

sábado, 24 de agosto de 2013

El muro


Está claro.

Por mucho que haya quien insista (es más, por mucho que haya quien lo crea) no soy ningún fantasma.

¿Que por qué lo sé?

Fácil.

No dejo de estrellarme contra muros. Parece un extraño hobby, pero así es. Voy de uno al otro, estrellándome cuanto más fuerte mejor, y sin atravesar ni uno. Ergo, conclusión lógica, de fantasma nada. Que si lo fuera lo atravesaría y tan campante. Pero qué va. Ahí que voy, de hostia en hostia hasta que me quede (más) tonto.

Cosas de la vida.

Y mira que hay veces que pienso "¿y si en vez de irme de cabeza contra el muro no voy dando un paseo, siguiendo su contorno, a ver si encuentro una puerta?". Pero se ve que mis antepasados gastaron toda la paciencia que quedaba en la estirpe y que prefiero el método hardcore.

Bienvenidos a mi vida, bienvenidos a mi mente. O a lo que queda de ella, que de tanta leche ya debe ser poca.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Regresión absoluta


Es gracioso mirar al pasado. Ves tus errores y tus aciertos y te ríes sanamente de las veces que haces el ridículo.

Qué bien ha empezado la entrada, ha sido algo casi filosófico. Qué lástima que hoy no tenga ganas de hablar de cosas así, porque casi saldría algo bueno. Digo casi, ¿eh? Que me quiero, pero tanto, tanto, no.

El caso es que quiero hablar de cosas. Y quiero no hablar de nada. Es como en los viejos tiempos, en los que soltaba mis parrafadas sin sentido y me quedaba más a gusto que en brazos.

¿Y por qué no?

Pues vuelvo, que me divierte.

Hoy no os cuento nada, solo que me apetece reír y que os riáis. No soy el mejor humorista del mundo ni lo pretendo, pero lo mismo una sonrisa os saco.

Ni idea de por qué, eso es cosa vuestra.

Tampoco importa demasiado, para cuatro gatos que deben leerme... Si es que llega, de personas ni hablamos.

¿Sabrán los gatos usar internet?

Si saben hacerlo, debería quitar la imagen del lobo que tengo más abajo. Lo mismo les asusta. Aunque no sé si un gato sabrá lo que es un lobo. O un ordenador. O yo. O un frigorífico. Bueno, un frigorífico tal vez sí porque de ahí pueden ver de vez en cuando que sale comida. Aunque para eso nos tienen también a los humanos. ¿Pensarán los gatos que somos neveras andantes?

Siempre me he preguntado si una nevera por detrás es tan fea como dicen. Y entonces vi una, y sí. Es fea. Pero pobrecita, no la insultemos más que lo mismo coge complejo. Que no tiene la culpa. Metámonos con los Twingo que sí que son un insulto a toda naturaleza. Pero solo con los Twingo, y en voz bajita que luego vienen los Clio y nos revientan.

Madre mía, a lo tonto llevo escrito un cacho bueno. Y sin decir nada coherente. Es una regresión absoluta, qué bien. O qué mal, lo mismo me estoy volviendo más idiota y no me estoy dando cuenta. O peor aún, SÍ me estoy dando cuenta y el problema es que me gusta.

Bah.

Y lo bien que me lo paso...

A veces me pregunto por qué tengo la cabeza tan mal. No me he dado golpes. No muchos, al menos. Pero sí fuertes. A lo mejor tiene algo que ver. O no, porque los golpes me los curaba mi mamá. Y mi papá, que es médico.

Hablo de cosas. Pero no hablo de ninguna. Así son mis conversaciones, se sabe dónde empiezo pero nunca donde acabo. Pero siempre, parafraseando a ese filósofo de la vida, "con erótico resultado".

Soy un desastre. Algún día pondré en orden mi cerebro. Será un día triste. Pero igual hasta mejoro y me convierto en alguien de provecho.

Cacafuti.

lunes, 15 de julio de 2013

El arte de errar


Intentamos aprender de nuestros errores.

La vida nos da palos continuamente, pero cada uno echa mano de su fuerza de voluntad para levantarse después de cada golpe. Unos más rápido, otros más lentos, pero todos somos reacios a quedarnos en el suelo. Y aprendemos, o lo intentamos. De cada error, una nueva enseñanza.

Pero es duro. Y mucho. Porque los errores te acompañan toda tu vida. Pasados, presentes y futuros, siempre habrá opciones erróneas y caminos que no debes tomar. Incluso echarás a andar por senderos que te den una vuelta y terminen exactamente en el mismo punto en el que estuviste hace años. Verás cambios en el paisaje, evidentemente, pero el punto es el mismo que el de inicio, y sabes que podrías volver a empezar el mismo viaje...

El caminante reconoció la encrucijada. Años atrás, cuando comenzó su andadura, la vio por primera vez. En aquel momento no dudó y cogió el camino que le pareció más rápido para llegar a un destino que ni él mismo conocía. El terreno era hermoso y en su viaje vio muchos pequeños desvíos que ignoró, pero poco a poco la vía principal se fue estrechando hasta que no tuvo más remedio que abandonarla porque no hacía más que tropezar y caer. Siguió andando como sin rumbo, aunque sus pasos lo llevaron a lugares lejanos que dejaron huellas y recuerdos en su mente y su corazón. Y entonces, llegó otra vez.

La encrucijada, esa división del camino que tanto le hizo pensar en el pasado. La fotografía era diferente, eso sí. Todo parecía más viejo, como descolorido. Los árboles tenían hojas que aún reverdecían, pero no brillaban tanto como antes. O eso le pareció. El río que corría al lado y que tendría que cruzar para seguir la otra senda, la que no anduvo en su día, cantaba menos alegre que unos años atrás. El caminante se detuvo y reflexionó. Su sabiduría, creía él, se había incrementado con los años, así que la decisión seguro que sería la correcta. Además, ya conocía los errores que había cometido y sabía, o creía que sabía, que no volvería a cometerlos. Volvió a tomar el camino de la primera vez.

Pensó en tomar alguna de las rutas que dejó atrás en su primer periplo por este camino. y así lo hizo. El viaje se hizo complicado, pero cada obstáculo que superaba le hacía sentir como que había obtenido el más grande de los tesoros. Sin embargo, todo tesoro que creyó obtener no fue sino una quimera. El camino terminó, por muchos muros que hubiera derribado, de forma abrupta. Tropezó, cayó de bruces al suelo y se levantó sacudiéndose el polvo. Cuál fue su sorpresa, cuando se creía sabio, que lo que vio delante de sí no era otra cosa más que su encrucijada.

El caminante reflexionó. Su experiencia le había enseñado cosas magníficas en el camino que recorrió, con sus pequeñas variantes. Pero ambos senderos le habían traído de vuelta al punto de partida sin importar los desvíos que tomara.

El viajero, cansado, se sentó sobre una piedra y miró las rutas que se le ofrecían... Equivocarse de nuevo le resultaba tentador, pero el otro camino, que ahora parecía liso y brillante, también le llamaba la atención. Sin embargo tenía plena consciencia de que no dura mucho la brillantez.

El caminante reflexionó, y aún sigue sentado en su piedra.

martes, 9 de julio de 2013

Héroes


El soldado avanza, cabizbajo. Ha sido lo que otros llamarían "un gran día": el enemigo no ha podido avanzar ni un centímetro y su pelotón ha conseguido introducirse entre las líneas del rival y han causado grandes estragos. Ahora mismo, de hecho, se encuentran en mitad del campo enemigo intentando asegurar una base y montar un pequeño campamento. Son héroes. Sus compañeros ríen y fanfarronean, jactándose de lo fácil que ha sido todo. Las armas, ligeras y pesadas, descansan en un montón lo suficientemente ordenado como para cogerlas en caso de ataque pero lo suficientemente desordenadas como para considerarlas un montón de chatarra. El soldado mira el montón, lo observa, y esboza una sonrisa que nada tiene de feliz.

Un compañero se le acerca y le palmea la espalda con camaradería, recordándole lo bien que lo ha hecho "ahí fuera". Le devuelve el gesto y agradece su alabanza con un movimiento de la cabeza, casi sin pensar. ¿Héroes? En su mente lo que hay es otra cosa: hoy ha matado inocentes. Tal vez inocentes armados, soldados enemigos o civiles de la calle, pero tanto da. Eran personas que no debían verse involucradas en esta guerra. Su cerebro decide dar un paso más, y se atreve a formularle una pregunta para la que no encontrará respuesta: ¿quién merece verse involucrado en una guerra?

Héroes... El soldado que ha matado inocentes por primera vez coge su saco de dormir y se dispone a echar una cabezada de un par de horas. Después, le tocará hacer guardia. Se duerme de puro agotamiento físico, pero su sueño es agitado y violento, así que descansa poco. Su superior le levanta zarandeándolo a las dos horas. Es su turno. Nada ocurre, a lo lejos se oyen disparos y alguna explosión, pero nada que no sea normal en estos días. "Qué fácil nos ha resultado acostumbrarnos a la muerte", piensa. Le da un mordisco a un trozo de cecina seca y mastica, pero hasta que no bebe un trago no es capaz de bajarlo por el esófago. Cuando amanece, echa un vistazo a su alrededor. La aldea que han conquistado es pequeña, los muros de piedra son sólidos pero las puertas estaban muy deterioradas y no han resistido un par de golpes de su ariete portátil. Los pocos soldados que allí había ahora descansan eternamente en las calles, amontonados sus cadáveres en la plaza central. También hay cuerpos mezclados de hombres, mujeres y niños que se han atrevido a levantar un arma contra ellos. A uno de los niños, de apenas unos quince años, lo mató él mismo. Una lágrima se asoma a su ojo al recordar la cara de puto terror del pequeño, "pero era su vida o la mía", se obliga a recordar. De no haberlo matado, el chaval podría haber usado la pistola de su padre.

El sol se alza, los soldados se ponen en pie y, cuando están preparados, organizan una batida. El soldado que ha matado a un niño inocente entra por las casas, buscando focos de resistencia que sofocar. De repente, en una de ellas se encuentra de frente con un espejo. Se mira, observa su aspecto, demacrado y ojeroso por las noches durmiendo al raso, poco y mal. El uniforme le viene grande, fruto de las pocas comidas que pueden cargar y lo que cuesta pasarlas por el gaznate con el poco agua del que disponen. Ha perdido pelo, y lo que le queda se está encaneciendo a un ritmo terrible. Pero eso le importa poco, nunca ha cuidado en demasía su aspecto. Lo que realmente le choca, lo que no cuadra en esa imagen, es el fusil que lleva en sus manos. No le gusta lo que ve. No se explica cómo ha acabado ahí, por qué lleva un arma en ese momento. El soldado que ha matado a un niño inocente con ese fusil prepara el arma y dispara a lo que está mirando.

Pero no al espejo.

jueves, 23 de mayo de 2013

Una gota en el océano



Al fin.

Al fin lo entiendo.

Pensé que estaba solo, pero no es así. No es exacto. Se explica mejor en inglés: "I'm not lonely, I'm alone". No estoy solo, "estoy" solitario. Ahora mismo no puedo decir que esté solo pese a que una parte de mi, una de las tres ramas del triskel, quiera hacerme sentir así. No, no es cierto. No estoy solo, hay muchas personas (que no gente) a mi alrededor, personas que comprenden, que aprenden, que sienten, que hablan. Personas que escuchan, que quieren, que ayudan. No estoy solo, tan solo estoy solitario. Pero ¿sabéis?, no me preocupa.

Ahora mismo soy como una gota en un cristal. Avanzo, poco a poco, deslizándome por mi vida sin prisas. Choco con las gotas que hay cerca de mí, comparto algo de mí con ellas y sigo mi camino a mi ritmo. ¿Qué me falta? Otra gota, una sola gota que se una a mí y ambos recorramos el mismo camino. Una gota, mi gota gemela en medio de este inmenso océano. Una gota que es el complemento perfecto, junto a la cual el camino hasta la base de la ventana será mucho más llevadero. Una sola gota, que no sé dónde está ni ella sabe dónde estoy yo. No sabemos cómo es, pero sabemos que existe, que llegará el momento en que nuestras trayectorias, hasta ahora paralelas, dejarán de serlo para tomar un único camino. COnvergeremos, nos uniremos, seremos uno solo y más fuerte que nunca.

Una gota, una sola gota en el vasto océano de mi historia. Una gota en un cristal eterno. ¿La encontraré? ¿Me encontrará? ¿Nos encontraremos? No podemos buscar en toda la inmensidad del mar. No podemos. No debemos.

Dos gotas en el mar, dos gotas sobre un cristal.

No sabemos dónde ni cómo, pero nos cruzaremos.

Dos gotas en el océano, que serán una.

No sabemos dónde ni cómo.

jueves, 28 de febrero de 2013

El hombre-herramienta que acabó cansado

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— No me da la gana.

Cinco caras se volvieron, ojipláticas, hacia el dueño de la boca que acababa de expulsar esta frase. Porque era un hombre que siempre había sido amable y dispuesto a ayudar si se le pedía. A veces, hasta sin pedírselo se buscaba la vida para facilitarte un poco la tuya. Por eso sorprendió tanto una negativa tan tajante.

Pero hagamos un poco de flashback. Diego era un chaval como otro cualquiera. Divertido, simpático, extrovertido y sociable. Tenía muchos amigos que lo querían y una familia que lo amaba. Un día cualquiera, en unas vacaciones en Estados Unidos, perdió una mano cazando caimanes en los pantanos de Louisiana (emulando al Amos Moses de Jerry Reed). En su afán de ser útil y ayudar, además de por su pura perspectiva optimista, en el muñón se colocó una prótesis que le permitía enganchar herramientas múltiples. Martillos, alicates, limas, destornilladores... Todo era posible.

Y al principio todo fue bien, oiga. La gente lo trataba como siempre, porque Diego nunca quiso compasión: se sentía útil con su mano-herramienta. El mundo continuó absolutamente normal. Sin embargo, la situación fue cambiando paulatinamente. La gente valoraba en mucho su ayuda, sobre todo sus amigos. Era muy normal que se le llamara para echar una mano (nunca mejor dicho) aquí y allá, y él jamás dijo que no. Pero, poco a poco, las formas— ¡ay, las formas!— se fueron perdiendo. Ni un "hola qué tal", ni un "a ver si nos vemos pronto" ni siquiera un "para cuándo una caña". Y Diego al principio fue tragando, valorando con su optimismo que no se trataría más de que de una mala racha y que, mientras que sus amigos y familia siguieran tratándole con normalidad, todo iría sobre ruedas.

Pero el día llegó. Un amigo, muy cercano él, se saltó directamente todos los protocolos y directamente le "usó" como una herramienta más que como una persona. Y Diego pasó por el aro, diciéndose a sí mismo que por una vez no pasaba nada. Pero ya tenía la mosca detrás de la oreja porque estaba muy cansado de ser la herramienta de cada vez más gente. Y en un par de días, estalló.

— No me da la "real" gana— recalcó el ahora chico-herramienta.

En verdad no dijo "real", sino algo mucho más feo, pero hoy no he escrito ningún taco aún así que así se queda. Diego le dio la espalda a los cinco boquiabiertos, ojipláticos y culotorcídicos espectadores de la escena.Se quitó la prótesis, la guardó cuidadosamente en un cajón y se colocó otra: una mano con un permanente corte de mangas.

"Prefiero pasar por cabrón antes que por imbécil", pensó (y ahora sí que meto un taco. Porque me da la gana, hale).

Y, con una sonrisa en la cara, se fue a por una cerveza.

lunes, 25 de febrero de 2013

El guerrero blanco

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Sacaste tu escudo. Colgaste tu espada del cinto. Tu armadura de sólido acero cubrió tu cuerpo en su totalidad. Las frías anillas de la cota de mallas mordían tu carne, transmitiéndote así su dureza. Trajiste su imagen a tu mente, y tu corazón se hinchó de fuego y coraje.

Saliste. El frío desierto de sal no era sino un erial inerme. Las tierras, saladas e inhóspitas, te recibieron con un beso de aire helado. Tu primer paso levantó una pequeña nube de polvo blanquecino alrededor de tus pies. Andabas con firmeza y decisión, determinado a cumplir con tu objetivo.

Durante leguas caminaste sin descanso. Mataste cuando tuviste que hacerlo. Te emborrachaste un par de veces. Amaste. Reforjaste tu escudo. Afilaste tu espada más veces de las que puedes recordar. Volviste a ponerte el yelmo de malla y metal y saliste al mundo una vez más.

El sol te cegó. Un sudor frío bajó por tu frente, escociéndote los ojos. Probaste incluso el sabor salado en tus labios. Las piedras del desierto, como pequeñas calaveras medio escondidas entre la sal, te miraban fijamente esperando verte caer. Las interminables dunas alargaban el paisaje hasta el infinito, uniendo el cielo y la tierra en una lejana franja de un tenue color azulado.

Anduviste, más cansado a cada paso. Poner un pie por delante del otro se convirtió en un auténtico reto. La sal del desierto te absorbía las fuerzas. El sol ponía a prueba tu cordura metiendo sus rayos por tus ojos hasta dejarte ciego. durante segundos, tal vez minutos. Las rocas ansiaban tu fracaso, y en tu ya casi locura casi podías oírlas aplaudir cuando tropezabas con ellas. Finalmente, caíste. Rodaste sin detenerte hasta la base de una duna bastante alta que acababas de trepar penosamente. Levantaste la vista, y lo viste.

Unas grebas de metal blanco, tan blanco que parecían surgir del mismo suelo que pisaban. Una armadura de plata refulgente con engastes en rosa y azul. Complicados grabados adornaban el pecho, los hombros y los brazos de aquella presencia. Un casco alado, también de plata, con el rostro tapado por el visor. Una cara cincelada en el metal, una cara de un niño sonriendo cruelmente. Y a su costado, enganchado en un cinturón de suave cuero azul claro, un martillo de guerra forjado en acero negro.

Te pusiste en pie, con más pena que gloria. Tragaste saliva y desenvainaste tu espada, gastada y mellada. Descolgaste tu escudo, sólido pero abollado y maltratado. Tragaste saliva de nuevo, un trago amargo que te costó bajar por la garganta. Tu rival cogió el martillo y lanzó el primer golpe. A duras penas conseguiste esquivarlo. Te pusiste en pie y buscaste un hueco para atacar. No lo había. El martillo cayó de nuevo. Esta vez no pudiste evitarlo y colocaste el escudo. El arma rompió madera, metal y hueso. Un alarido de dolor brotó de tu boca, pero pudiste alzarte de nuevo. Te lanzaste a por él con desesperación. Su maza cayó, golpeando esta vez tu costado.

Caíste en la sal, mordiste el blanco polvo. Ese beso salado y ardiente se mezcló con el sabor metálico de la sangre, tu propia sangre, que inundaba tu boca. Tu oponente lo vio, y rió. Enganchando el martillo nuevamente en su sitio, se dio la vuelta y extendió su capa, que antes no pudiste ver. Al principio, la percibiste blanca, pero en poco en seguida tomó el color del más oscuro carbón. Se alejó, y lo perdiste de vista antes de perder el sentido.

Despertaste al tiempo. Apoyándote en tu espada, te levantaste. Destrozado y malherido volviste a empezar el camino en pos de tu mortal oponente.

"La próxima vez - pensaste, iluso de ti - será la última. Venceré al amor".

sábado, 9 de febrero de 2013

Muros de océano

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No hay nada en mi cabeza. Quiero escribir, contar, hacer que algo se mueva en el interior de alguien. Pero no me sale. Mi musa ha vuelto a quedar en silencio, y no lo comprendo.

¿Será cierto que hay que enfadarse para que venga?

Maldita seas, musa. Caprichosa, endiablada e incomprensible entidad. ¿Por qué me impides oír tu voz una vez más en mi oído? Hace ya tiempo que no me visitas, podrías mostrarte de nuevo.

¿Se ha ido? No lo sé. Nunca lo sé. Porque como se va, vuelve. Pero hoy, que la llamo con insistencia, ella insiste en no aparecer.

Llaman a la puerta, ¿quién será? Abro... y no hay nadie. Una mala y vieja broma. ¿Habrá sido ella, que juega conmigo a crearme la ilusión de que por fin se mostrará para darme la mano y escribir por mí lo que quiera que le falte?

No queda nada. Cierro la puerta y cierro los ojos. En el ordenador suenan los acordes de Isaac Shepard, una música que siempre fue un cebo irresistible para mi escurridiza amiga. Me veo en otro lugar, lejos de la polución madrileña. El mar azota las piedras viejas y gastadas de un acantilado que aguanta los golpes con estoicismo desde hace milenios. El agua ha grabado caras en él que miran con desaprobación la lenta tarea que el agua salada ejecuta en su tez. Desde arriba, yo miro todo esto. El viento y el agua se unen en una hermosa danza, creando figuras de espuma de plata y azur que giran y se enlazan antes de caer de nuevo a un mar de cristal. El cielo es plomizo, las nubes crean un manto impenetrable tan gris como el acero. Un relámpago rasga el cielo, y en pocos segundos le responde un trueno. La lluvia, fina y suave, empieza a caer. Mi cara se moja, mis ropas no tardan en estar empapadas. Mi cuerpo sigue quieto, mirando al infinito. De pronto, una isla aparece en medio del mar. Doy un paso adelante, y no me sorprendo al ver que no caigo al vacío ni me precipito a las procelosas aguas. Avanzo seguro de mí mismo al pequeño montículo que veo en el centro del océano. Una figura me espera allí. ¿Será ella por fin? Me queda un largo camino, pero decido no correr, no me faltan energías pero tampoco voy a malgastarlas. Ya la veo, es ella. Allí está, esperando a que la alcance por fin. Poco a poco puedo verle la cara. Su mirada me traspasa, no logro identificar el color de sus ojos. Tampoco el de sus cabellos, hechos de espuma que crece y mengua al ritmo de las olas. El mar a mi alrededor se embravece paso tras paso. La marea trata de tirarme de mi camino, pero mis zancadas son sólidas y de momento poco pueden hacer. Sigo caminando, metro a metro, y la tempestad crece. Una ola me golpea el costado con violencia. Tambaleo, pero sigo firme. Otra me cubre por completo, sumiéndome durante unos instantes en un mundo de zafiro. Pero sigo avanzando, no hay fuerza que pueda ya pararme. Ya casi estoy, ya casi la toco. Si alargo mi brazo a lo mejor llego. Estiro la mano como puedo, luchando contra trombas de agua que vienen de mar y cielo, pues la lluvia arrecia y ahora es más fuerte. Los truenos suceden a los relámpagos, como gritándome enfurecidos para que me detenga, Un rayo cae tras de mí. intentando fulminar lo infulminable. Ya casi llego, mi pie está a punto de pisar el islote, en forma de triskel. Alargo mi brazo una vez más, intentando abrazar a mi musa. Y fallo. Un muro de agua se levanta entre ella y yo y me derriba, ahora sí. Me sumerjo en las aguas del frío océano, inconsciente...

Abro los ojos. La he visto, sé que sigue ahí. A lo mejor aún no puedo alcanzarla, pero sé que está esperando el momento en el que los dos podamos dar el paso que nos falta para, por fin, fundirnos en un solo ser. Sé que llegará ese día.

Solo tengo que vencer al océano.


lunes, 28 de enero de 2013

I love me


Una persona muy sabia me dijo hace años algo que llevo como bandera desde hace ya más de un lustro (gracias, mamá): "Si tú no te quieres si no te gustas, ¿quién lo va a hacer?"

Que sí, que todos hemos vivido eso de que nuestra madre nos diga "mi niño es el más guapo del mundo". Y ahora ya tenemos una edad en la que nos reímos y no damos crédito a esas palabras.

Y yo digo... ¿y por qué no? Cojones, poca gente ahí fuera va a decírtelo, ¡créetelo! Mírate al espejo y gústate. Ser un poco narcisista es sano, de verdad. Además, en esta preciosa sociedad que rinde tamaño culto al cuerpo en la que existen unos modelos predeterminados, unos estándares que cumplir para ser el prototipo perfecto puede ser fácil deprimirse si no se tiene una mentalidad fuerte.

Y vuelvo a decir yo... ¿y si en vez de entrenar los abdominales hacemos lo propio con los autoestimales?

¡Que el cuerpo caduca, joder!