viernes, 20 de septiembre de 2013

Solo un poco más de tiempo


— ¿Alguna vez has tenido esa sensación en la que todo o casi todo escapa a tu control? Esa sensación de que cualquier cosa que hagas, por grande y esplendorosa que sea, quede sumida en la más absoluta oscuridad o sea completamente irrelevante. Que tal vez sea eso, tan solo una sensación porque todos lo contemplarán con la magnitud que tú le has querido dar, pero que para ti y tu meta es algo que quedará en la sombra. Pues es en esos momentos cuando uno descubre la potencia de su alma. Es en esos momentos lúgubres, en los que la mente busca que te sientes en un rincón con las manos en la cabeza, cuando tienes que sacar tu corazón de su jaula y darle rienda suelta. Hazlo, lo que sea, e inténtalo con todo lo que hay en tu interior. Dale una paliza a tu cerebro, enséñale que no siempre tiene la razón. Dalo todo, incluso cuando creas que es un imposible. Recuerda justamente eso, que es un imposible y que lo imposible solo quiere decir que te costará un poco más de tiempo. Y recuerda otra cosa: cualquier imposible que consigas revertir será un tesoro, pero no uno cualquiera. Será el tesoro que más aprecies en tu vida, esa medalla a la que mirarás con un amor tal que no podrás desprenderte de ella en lo que te queda de existencia. Es en esos momentos en los que nada de lo que haces te parece ser importante cuando das los pasos más audaces del camino a tu meta. No te achantes, no te vengas abajo. Si deseas algo, lánzate a por ello sin miedo, sin red.


— ¿Y si me caigo?



— ¡Si te caes, te levantas! ¡No eres frágil! Eres tan frágil como estás dispuesto a admitir. Tu fuerza está en tu interior. Y sí, es justo en esos momentos cuando es más fácil pensar que te caerás, pero ¡joder, no! ¡No tiene por qué ser así! Si lo das todo, si pones todo tu corazón en la causa y no flaqueas, no caerás. Eres tan fuerte como quieras serlo. Cuando parezca que no tienes nada más que hacer, haz todo lo que tenías pensado cuando creías lo contrario. Es la única forma de invertir lo imposible y ponerlo de cara. Recuerda que esto es como una guerra, y que antes caerá el que piense que ha perdido antes de empezarla. Sin embargo, el que crea de verdad que puede ganar será seguramente el que se lleve la victoria. Por eso no puedes pensar en la derrota, sino siempre en que podrás con todo lo que te venga por delante. No lo olvides, muchacho. Nunca tendremos todo bajo control, pero lo poco que esté bajo nuestro dominio es a lo que tendrás que agarrarte y no soltarlo jamás. No te dejes caer porque lo veas negro: rompe el lienzo y píntalo de tu color, dale la forma que tú quieras que tenga. Es la única forma.

martes, 10 de septiembre de 2013

La obra maestra



¡CLANG! El martillo cae. La pesada masa de hierro que es la cabeza de la herramienta golpea con dureza el metal incandescente. Las chispas saltan por todas partes, fugaces destellos de un nuevo comienzo. El herrero se para un momento, pensativo. No sabe qué está forjando, simplemente su mente le dijo que tenía que empezar a forjar.

¡CLANG! Otra vez. Su obra está comenzando, y sabe que le llevará tiempo sacar una forma de esto, pero no debe desesperar. Poco a poco, sus golpes, dados con constancia y determinación, acabarán arrancando una figura, tal vez una espada, una armadura o un simple juguete, de la roja y ardiente informidad que tiene delante.

¡CLANG!

¡CLANG!

¡CLANG!

¡CLANG! Los golpes se aceleran, el herrero no es consciente de ello pero poco a poco la velocidad de su brazo ha aumentado y las chispas ahora vuelan cada pocos segundos. El metal al rojo va adoptando una forma, pero es extraña y obscena. Pero ya no puede parar, y al poco tiempo ya no existe. Una pieza convertida en nada, destrozada por un par de martillazos acelerados. Las pequeñas llamas han quemado sus brazos, dejando en ellas una historia escrita de frustración y fracaso. El herrero las mira, dolido, extrañado y triste. Observa lo que pudo ser su obra maestra, destruida por su impaciencia de convertirlo en algo grande. Con las pinzas, atenaza el metal amorfo y lo mete en agua helada, enfriándolo al instante. El chisporroteo se extiende por toda la fragua, el vapor lo atrapa por unos instantes y el sonido del líquido elemento evaporándose de repente inunda sus oídos, llegando hasta la base de sus pensamientos. "Una obra hundida", piensa. Con rabia, coge la fría ruina y la lanza contra la pared, donde queda un profundo boquete.

Su mirada se desplaza hacia abajo, y ve que donde ha caído su último fracaso hay una pequeña pila de obras inacabadas, arruinadas por su poca paciencia a la hora de trabajar. Su cabeza cae, sus hombros se hunden. Su mirada se pierde en un mar de lágrimas y el amargo sabor del llanto brota de su garganta. ¿Acaso no es lo que debería hacer? ¿Es todo un error? ¿Debería abandonar su sueño de crear una obra maestra, la espada más sólida, la armadura más resistente o el escudo más protector?

Empieza a andar por la fragua, sumido en sus negros pensamientos que reflejan la oscuridad que el desasosiego crea en su interior. Sus ojos se pierden en el infinito.

"¡CLANG!". Ha sonado en su cerebro. Un martillo ha caído sobre un yunque en lo profundo de su mente. El herrero lo intenta rechazar. No es el momento de crear nada, no quiere volver a coger el martillo. Derrotado, se retira a su casa. Se encierra, y durante meses no sale apenas más que para comer y mantenerse vivo. En su cabeza resuenan los ecos del último golpe. "¡CLANG!"

Hoy, el herrero se ha levantado. Su mirada es oscura, su boca esboza una mueca feroz, su ceño fruncido expresa una ira retenida, una rabia no desatada que puede explotar en cualquier momento. Se ha dirigido a su fragua, ha cogido un viejo trozo de acero y lo ha metido en el fuego. Sin alterar su expresión, extrae de entre las llamas anaranjadas una pieza carmesí de metal incandescente. La coloca sobre su viejo y gastado yunque, coge su pesado y no menos viejo martillo. Respira, respira muy hondo y deja que el aire expanda su torso, lleno de pequeñas quemaduras de sus anteriores fracasos. Una figura se ha formado en su mente, algo a lo que darle forma. Piensa, piensa e intenta relajarse y ser paciente. Levanta el martillo.

"Esta será mi obra maestra".

¡¡CLANG!!