Y se cayó.
Había perdido ya la cuenta de cuántas veces había tropezado. El camino era
tortuoso, lleno de obstáculos desconocidos en el mundo del que venía, tan lejano
y tan olvidado. Sin embargo, seguía a una figura que avanzaba por esa senda tan
extraña como si fuera su propia casa, con una ligereza y naturalidad que lo
tenía embobado.
Se hipnotizó, e intentó correr tras ella. Se puso a su altura en poco tiempo,
pero sus pies eran torpes. Su corazón no obstante era puro fuego. Probó de sus
andares, y murió en ellos. Se extinguió, y renació con una nueva personalidad,
con un nuevo objetivo. Se propuso volverse inmortal en esa mujer tan irreal.
Pero para ello tendría que seguir corriendo a su ritmo, porque ella era libre y
volátil y no se dejaba atrapar, no quería ser atrapada. Él lo supo, y no intentó
atarla con un lazo sino que apretó el paso con sus nuevos pies, aprendiendo a
correr antes que a andar. Y los tropiezos se sucedieron. Cada golpe dolía más
que el anterior, y con cada caída ella le tomaba más y más ventaja y se veía
cada vez más y más lejos.
Y se cayó. Por enésima vez. Perdió la cuenta, perdió el aliento. La cabeza la
tenía perdida ya de antes, el corazón estaba desbocado de puro fuego y magia y
amor. Pero los pies no le siguieron el ritmo, esos pies nuevos que estaban
hechos para volar al lado de la mujer no aguantaron la veloz carrera que llevaba
ella hacia su libertad. Y él cayó y la miró desde la distancia, cómo corría, sus
formas, su pelo, su aroma que aún le llegaba de cualquier parte.
Se levantó y se miró a los pies, nuevos pero rotos y ajados de tanto correr
sin siquiera haber aprendido a andar con ellos. Miro al punto dorado del
horizonte donde su amor se iba perdiendo, casi fundiéndose con el sol. Se abrió
el bolsillo de la camisa y se miró el corazón, resquebrajado por el golpe pero
aún en llamas. Se quitó el sobrero y tocó su cerebro. Parecía funcionar aún. Se
quitó la camisa y se miró el cuerpo. Mil heridas surcaban su torso, mil
moratones coloreaban su piel. Mil rasguños conformaban un mapa curtido a golpes,
pero pese a todo aún podía moverse. Miró el camino, sus baches, sus zanjas, sus
trampas, sus emboscadas, las huellas marcadas que se correspondían con las que
estaban grabadas en su interior y que pertenecían a aquella misteriosa y
sencilla figura. Y empezó a comprender el paisaje, a saber cómo esquivar sus
obstáculos y poder pisar fuerte y rápido, a cómo volver a alcanzar el sol.
Se levantó y empezó otra vez a correr, persiguiendo aquellos andares de
brillante purpurina dorada.
