- No puedo volar como tú - le dijo el polluelo, disimulando mal su envidia -, pero yo estoy mejor que tú, porque no tengo que salir de mi nido. Aquí estoy cómodo y calentito. No necesito volar.
- ¿Y no te gustaría hacerlo? Se ven muchas cosas desde allí arriba, ves mundo, abres tu mente... es algo que todos deberían probar.
- He dicho que no - replicó el polluelo -. No necesito volar, no soy tan presuntuoso como tú, que te exhibes a cada pasada y que pareces buscar solo el aplauso ajeno.
El águila grande, lejos de sentirse ofendida, lanzó una pequeña risita.
- Como quieras. Vive tu vida en tu confort, no te muevas más de lo necesario. No salgas de ahí, vive encorsetado en tus costumbres, busca tu porvenir en el nido donde estás tan cómodo y caliente. Yo saldré, volaré, buscaré otros nidos, viviré mil viajes, sentiré el viento bajo mis alas, veré criaturas extrañas, encontraré una vida tal vez no tan confortable, pero sí más emocionante. Diviértete.
Y con esas palabras, el águila volvió a extender sus alas y emprendió el vuelo. El polluelo, indignado y furioso, gritó:
- ¡No puedes irte! ¡Quiero que estés aquí, en mi nido! ¡No puedes estar en otro! Mi vida es la buena, la que hay que seguir. No puedes irte.
El águila volvió, miró al polluelo con interés y le dijo una última cosa:
- No, te equivocas. Puedo irme, y cuando quiera. Nada me ata aquí, ni puedo enseñarte cómo es mi vida. No presumo, como tú, de que sea la mejor. Pero presumo de que me hace feliz, incluso cuando estoy en situaciones incómodas. Intenta vivir eso en tu nido de comodidad calentita. Conoce a polluelos que vivan como tú, que acaten tus órdenes y que doblen sus garras y sus cuellos ante ti. Pero no cuentes con eso para mí. Yo nací para ser libre y volar a mi aire. Y por eso, puedo irme cuando quiera. Y ahora quiero, así que adiós.
Y echó a volar. El polluelo gritó, graznó, maldijo, juró, perjuró, blasfemó, rabió y se desgañitó de ira, pero no consiguió nada. Otros polluelos se acercaron por curiosidad, y él se acercó a uno de ellos y le conminó a hacer su voluntad, convenciéndole de que su vida era la mejor. Desde las alturas, el águila lo vio, y rió. Sus alas batieron el viento, libre al fin. Otras águilas se acercaron a ella, volaron un tiempo juntas y se separaron. Esa era la vida que anhelaba. Independiente, libre e inmortal.

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