El soldado avanza, cabizbajo. Ha sido lo que otros llamarían "un gran día": el enemigo no ha podido avanzar ni un centímetro y su pelotón ha conseguido introducirse entre las líneas del rival y han causado grandes estragos. Ahora mismo, de hecho, se encuentran en mitad del campo enemigo intentando asegurar una base y montar un pequeño campamento. Son héroes. Sus compañeros ríen y fanfarronean, jactándose de lo fácil que ha sido todo. Las armas, ligeras y pesadas, descansan en un montón lo suficientemente ordenado como para cogerlas en caso de ataque pero lo suficientemente desordenadas como para considerarlas un montón de chatarra. El soldado mira el montón, lo observa, y esboza una sonrisa que nada tiene de feliz.
Un compañero se le acerca y le palmea la espalda con camaradería, recordándole lo bien que lo ha hecho "ahí fuera". Le devuelve el gesto y agradece su alabanza con un movimiento de la cabeza, casi sin pensar. ¿Héroes? En su mente lo que hay es otra cosa: hoy ha matado inocentes. Tal vez inocentes armados, soldados enemigos o civiles de la calle, pero tanto da. Eran personas que no debían verse involucradas en esta guerra. Su cerebro decide dar un paso más, y se atreve a formularle una pregunta para la que no encontrará respuesta: ¿quién merece verse involucrado en una guerra?
Héroes... El soldado que ha matado inocentes por primera vez coge su saco de dormir y se dispone a echar una cabezada de un par de horas. Después, le tocará hacer guardia. Se duerme de puro agotamiento físico, pero su sueño es agitado y violento, así que descansa poco. Su superior le levanta zarandeándolo a las dos horas. Es su turno. Nada ocurre, a lo lejos se oyen disparos y alguna explosión, pero nada que no sea normal en estos días. "Qué fácil nos ha resultado acostumbrarnos a la muerte", piensa. Le da un mordisco a un trozo de cecina seca y mastica, pero hasta que no bebe un trago no es capaz de bajarlo por el esófago. Cuando amanece, echa un vistazo a su alrededor. La aldea que han conquistado es pequeña, los muros de piedra son sólidos pero las puertas estaban muy deterioradas y no han resistido un par de golpes de su ariete portátil. Los pocos soldados que allí había ahora descansan eternamente en las calles, amontonados sus cadáveres en la plaza central. También hay cuerpos mezclados de hombres, mujeres y niños que se han atrevido a levantar un arma contra ellos. A uno de los niños, de apenas unos quince años, lo mató él mismo. Una lágrima se asoma a su ojo al recordar la cara de puto terror del pequeño, "pero era su vida o la mía", se obliga a recordar. De no haberlo matado, el chaval podría haber usado la pistola de su padre.
El sol se alza, los soldados se ponen en pie y, cuando están preparados, organizan una batida. El soldado que ha matado a un niño inocente entra por las casas, buscando focos de resistencia que sofocar. De repente, en una de ellas se encuentra de frente con un espejo. Se mira, observa su aspecto, demacrado y ojeroso por las noches durmiendo al raso, poco y mal. El uniforme le viene grande, fruto de las pocas comidas que pueden cargar y lo que cuesta pasarlas por el gaznate con el poco agua del que disponen. Ha perdido pelo, y lo que le queda se está encaneciendo a un ritmo terrible. Pero eso le importa poco, nunca ha cuidado en demasía su aspecto. Lo que realmente le choca, lo que no cuadra en esa imagen, es el fusil que lleva en sus manos. No le gusta lo que ve. No se explica cómo ha acabado ahí, por qué lleva un arma en ese momento. El soldado que ha matado a un niño inocente con ese fusil prepara el arma y dispara a lo que está mirando.
Pero no al espejo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario