¡CLANG! El martillo cae. La pesada masa de hierro que es la cabeza de la herramienta golpea con dureza el metal incandescente. Las chispas saltan por todas partes, fugaces destellos de un nuevo comienzo. El herrero se para un momento, pensativo. No sabe qué está forjando, simplemente su mente le dijo que tenía que empezar a forjar.
¡CLANG! Otra vez. Su obra está comenzando, y sabe que le llevará tiempo sacar una forma de esto, pero no debe desesperar. Poco a poco, sus golpes, dados con constancia y determinación, acabarán arrancando una figura, tal vez una espada, una armadura o un simple juguete, de la roja y ardiente informidad que tiene delante.
¡CLANG!
¡CLANG!
¡CLANG!
¡CLANG! Los golpes se aceleran, el herrero no es consciente de ello pero poco a poco la velocidad de su brazo ha aumentado y las chispas ahora vuelan cada pocos segundos. El metal al rojo va adoptando una forma, pero es extraña y obscena. Pero ya no puede parar, y al poco tiempo ya no existe. Una pieza convertida en nada, destrozada por un par de martillazos acelerados. Las pequeñas llamas han quemado sus brazos, dejando en ellas una historia escrita de frustración y fracaso. El herrero las mira, dolido, extrañado y triste. Observa lo que pudo ser su obra maestra, destruida por su impaciencia de convertirlo en algo grande. Con las pinzas, atenaza el metal amorfo y lo mete en agua helada, enfriándolo al instante. El chisporroteo se extiende por toda la fragua, el vapor lo atrapa por unos instantes y el sonido del líquido elemento evaporándose de repente inunda sus oídos, llegando hasta la base de sus pensamientos. "Una obra hundida", piensa. Con rabia, coge la fría ruina y la lanza contra la pared, donde queda un profundo boquete.
Su mirada se desplaza hacia abajo, y ve que donde ha caído su último fracaso hay una pequeña pila de obras inacabadas, arruinadas por su poca paciencia a la hora de trabajar. Su cabeza cae, sus hombros se hunden. Su mirada se pierde en un mar de lágrimas y el amargo sabor del llanto brota de su garganta. ¿Acaso no es lo que debería hacer? ¿Es todo un error? ¿Debería abandonar su sueño de crear una obra maestra, la espada más sólida, la armadura más resistente o el escudo más protector?
Empieza a andar por la fragua, sumido en sus negros pensamientos que reflejan la oscuridad que el desasosiego crea en su interior. Sus ojos se pierden en el infinito.
"¡CLANG!". Ha sonado en su cerebro. Un martillo ha caído sobre un yunque en lo profundo de su mente. El herrero lo intenta rechazar. No es el momento de crear nada, no quiere volver a coger el martillo. Derrotado, se retira a su casa. Se encierra, y durante meses no sale apenas más que para comer y mantenerse vivo. En su cabeza resuenan los ecos del último golpe. "¡CLANG!"
Hoy, el herrero se ha levantado. Su mirada es oscura, su boca esboza una mueca feroz, su ceño fruncido expresa una ira retenida, una rabia no desatada que puede explotar en cualquier momento. Se ha dirigido a su fragua, ha cogido un viejo trozo de acero y lo ha metido en el fuego. Sin alterar su expresión, extrae de entre las llamas anaranjadas una pieza carmesí de metal incandescente. La coloca sobre su viejo y gastado yunque, coge su pesado y no menos viejo martillo. Respira, respira muy hondo y deja que el aire expanda su torso, lleno de pequeñas quemaduras de sus anteriores fracasos. Una figura se ha formado en su mente, algo a lo que darle forma. Piensa, piensa e intenta relajarse y ser paciente. Levanta el martillo.
"Esta será mi obra maestra".
¡¡CLANG!!

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