lunes, 25 de febrero de 2013

El guerrero blanco

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Sacaste tu escudo. Colgaste tu espada del cinto. Tu armadura de sólido acero cubrió tu cuerpo en su totalidad. Las frías anillas de la cota de mallas mordían tu carne, transmitiéndote así su dureza. Trajiste su imagen a tu mente, y tu corazón se hinchó de fuego y coraje.

Saliste. El frío desierto de sal no era sino un erial inerme. Las tierras, saladas e inhóspitas, te recibieron con un beso de aire helado. Tu primer paso levantó una pequeña nube de polvo blanquecino alrededor de tus pies. Andabas con firmeza y decisión, determinado a cumplir con tu objetivo.

Durante leguas caminaste sin descanso. Mataste cuando tuviste que hacerlo. Te emborrachaste un par de veces. Amaste. Reforjaste tu escudo. Afilaste tu espada más veces de las que puedes recordar. Volviste a ponerte el yelmo de malla y metal y saliste al mundo una vez más.

El sol te cegó. Un sudor frío bajó por tu frente, escociéndote los ojos. Probaste incluso el sabor salado en tus labios. Las piedras del desierto, como pequeñas calaveras medio escondidas entre la sal, te miraban fijamente esperando verte caer. Las interminables dunas alargaban el paisaje hasta el infinito, uniendo el cielo y la tierra en una lejana franja de un tenue color azulado.

Anduviste, más cansado a cada paso. Poner un pie por delante del otro se convirtió en un auténtico reto. La sal del desierto te absorbía las fuerzas. El sol ponía a prueba tu cordura metiendo sus rayos por tus ojos hasta dejarte ciego. durante segundos, tal vez minutos. Las rocas ansiaban tu fracaso, y en tu ya casi locura casi podías oírlas aplaudir cuando tropezabas con ellas. Finalmente, caíste. Rodaste sin detenerte hasta la base de una duna bastante alta que acababas de trepar penosamente. Levantaste la vista, y lo viste.

Unas grebas de metal blanco, tan blanco que parecían surgir del mismo suelo que pisaban. Una armadura de plata refulgente con engastes en rosa y azul. Complicados grabados adornaban el pecho, los hombros y los brazos de aquella presencia. Un casco alado, también de plata, con el rostro tapado por el visor. Una cara cincelada en el metal, una cara de un niño sonriendo cruelmente. Y a su costado, enganchado en un cinturón de suave cuero azul claro, un martillo de guerra forjado en acero negro.

Te pusiste en pie, con más pena que gloria. Tragaste saliva y desenvainaste tu espada, gastada y mellada. Descolgaste tu escudo, sólido pero abollado y maltratado. Tragaste saliva de nuevo, un trago amargo que te costó bajar por la garganta. Tu rival cogió el martillo y lanzó el primer golpe. A duras penas conseguiste esquivarlo. Te pusiste en pie y buscaste un hueco para atacar. No lo había. El martillo cayó de nuevo. Esta vez no pudiste evitarlo y colocaste el escudo. El arma rompió madera, metal y hueso. Un alarido de dolor brotó de tu boca, pero pudiste alzarte de nuevo. Te lanzaste a por él con desesperación. Su maza cayó, golpeando esta vez tu costado.

Caíste en la sal, mordiste el blanco polvo. Ese beso salado y ardiente se mezcló con el sabor metálico de la sangre, tu propia sangre, que inundaba tu boca. Tu oponente lo vio, y rió. Enganchando el martillo nuevamente en su sitio, se dio la vuelta y extendió su capa, que antes no pudiste ver. Al principio, la percibiste blanca, pero en poco en seguida tomó el color del más oscuro carbón. Se alejó, y lo perdiste de vista antes de perder el sentido.

Despertaste al tiempo. Apoyándote en tu espada, te levantaste. Destrozado y malherido volviste a empezar el camino en pos de tu mortal oponente.

"La próxima vez - pensaste, iluso de ti - será la última. Venceré al amor".

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