sábado, 9 de febrero de 2013

Muros de océano

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No hay nada en mi cabeza. Quiero escribir, contar, hacer que algo se mueva en el interior de alguien. Pero no me sale. Mi musa ha vuelto a quedar en silencio, y no lo comprendo.

¿Será cierto que hay que enfadarse para que venga?

Maldita seas, musa. Caprichosa, endiablada e incomprensible entidad. ¿Por qué me impides oír tu voz una vez más en mi oído? Hace ya tiempo que no me visitas, podrías mostrarte de nuevo.

¿Se ha ido? No lo sé. Nunca lo sé. Porque como se va, vuelve. Pero hoy, que la llamo con insistencia, ella insiste en no aparecer.

Llaman a la puerta, ¿quién será? Abro... y no hay nadie. Una mala y vieja broma. ¿Habrá sido ella, que juega conmigo a crearme la ilusión de que por fin se mostrará para darme la mano y escribir por mí lo que quiera que le falte?

No queda nada. Cierro la puerta y cierro los ojos. En el ordenador suenan los acordes de Isaac Shepard, una música que siempre fue un cebo irresistible para mi escurridiza amiga. Me veo en otro lugar, lejos de la polución madrileña. El mar azota las piedras viejas y gastadas de un acantilado que aguanta los golpes con estoicismo desde hace milenios. El agua ha grabado caras en él que miran con desaprobación la lenta tarea que el agua salada ejecuta en su tez. Desde arriba, yo miro todo esto. El viento y el agua se unen en una hermosa danza, creando figuras de espuma de plata y azur que giran y se enlazan antes de caer de nuevo a un mar de cristal. El cielo es plomizo, las nubes crean un manto impenetrable tan gris como el acero. Un relámpago rasga el cielo, y en pocos segundos le responde un trueno. La lluvia, fina y suave, empieza a caer. Mi cara se moja, mis ropas no tardan en estar empapadas. Mi cuerpo sigue quieto, mirando al infinito. De pronto, una isla aparece en medio del mar. Doy un paso adelante, y no me sorprendo al ver que no caigo al vacío ni me precipito a las procelosas aguas. Avanzo seguro de mí mismo al pequeño montículo que veo en el centro del océano. Una figura me espera allí. ¿Será ella por fin? Me queda un largo camino, pero decido no correr, no me faltan energías pero tampoco voy a malgastarlas. Ya la veo, es ella. Allí está, esperando a que la alcance por fin. Poco a poco puedo verle la cara. Su mirada me traspasa, no logro identificar el color de sus ojos. Tampoco el de sus cabellos, hechos de espuma que crece y mengua al ritmo de las olas. El mar a mi alrededor se embravece paso tras paso. La marea trata de tirarme de mi camino, pero mis zancadas son sólidas y de momento poco pueden hacer. Sigo caminando, metro a metro, y la tempestad crece. Una ola me golpea el costado con violencia. Tambaleo, pero sigo firme. Otra me cubre por completo, sumiéndome durante unos instantes en un mundo de zafiro. Pero sigo avanzando, no hay fuerza que pueda ya pararme. Ya casi estoy, ya casi la toco. Si alargo mi brazo a lo mejor llego. Estiro la mano como puedo, luchando contra trombas de agua que vienen de mar y cielo, pues la lluvia arrecia y ahora es más fuerte. Los truenos suceden a los relámpagos, como gritándome enfurecidos para que me detenga, Un rayo cae tras de mí. intentando fulminar lo infulminable. Ya casi llego, mi pie está a punto de pisar el islote, en forma de triskel. Alargo mi brazo una vez más, intentando abrazar a mi musa. Y fallo. Un muro de agua se levanta entre ella y yo y me derriba, ahora sí. Me sumerjo en las aguas del frío océano, inconsciente...

Abro los ojos. La he visto, sé que sigue ahí. A lo mejor aún no puedo alcanzarla, pero sé que está esperando el momento en el que los dos podamos dar el paso que nos falta para, por fin, fundirnos en un solo ser. Sé que llegará ese día.

Solo tengo que vencer al océano.


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