jueves, 28 de febrero de 2013

El hombre-herramienta que acabó cansado

Image and video hosting by TinyPic 
— No me da la gana.

Cinco caras se volvieron, ojipláticas, hacia el dueño de la boca que acababa de expulsar esta frase. Porque era un hombre que siempre había sido amable y dispuesto a ayudar si se le pedía. A veces, hasta sin pedírselo se buscaba la vida para facilitarte un poco la tuya. Por eso sorprendió tanto una negativa tan tajante.

Pero hagamos un poco de flashback. Diego era un chaval como otro cualquiera. Divertido, simpático, extrovertido y sociable. Tenía muchos amigos que lo querían y una familia que lo amaba. Un día cualquiera, en unas vacaciones en Estados Unidos, perdió una mano cazando caimanes en los pantanos de Louisiana (emulando al Amos Moses de Jerry Reed). En su afán de ser útil y ayudar, además de por su pura perspectiva optimista, en el muñón se colocó una prótesis que le permitía enganchar herramientas múltiples. Martillos, alicates, limas, destornilladores... Todo era posible.

Y al principio todo fue bien, oiga. La gente lo trataba como siempre, porque Diego nunca quiso compasión: se sentía útil con su mano-herramienta. El mundo continuó absolutamente normal. Sin embargo, la situación fue cambiando paulatinamente. La gente valoraba en mucho su ayuda, sobre todo sus amigos. Era muy normal que se le llamara para echar una mano (nunca mejor dicho) aquí y allá, y él jamás dijo que no. Pero, poco a poco, las formas— ¡ay, las formas!— se fueron perdiendo. Ni un "hola qué tal", ni un "a ver si nos vemos pronto" ni siquiera un "para cuándo una caña". Y Diego al principio fue tragando, valorando con su optimismo que no se trataría más de que de una mala racha y que, mientras que sus amigos y familia siguieran tratándole con normalidad, todo iría sobre ruedas.

Pero el día llegó. Un amigo, muy cercano él, se saltó directamente todos los protocolos y directamente le "usó" como una herramienta más que como una persona. Y Diego pasó por el aro, diciéndose a sí mismo que por una vez no pasaba nada. Pero ya tenía la mosca detrás de la oreja porque estaba muy cansado de ser la herramienta de cada vez más gente. Y en un par de días, estalló.

— No me da la "real" gana— recalcó el ahora chico-herramienta.

En verdad no dijo "real", sino algo mucho más feo, pero hoy no he escrito ningún taco aún así que así se queda. Diego le dio la espalda a los cinco boquiabiertos, ojipláticos y culotorcídicos espectadores de la escena.Se quitó la prótesis, la guardó cuidadosamente en un cajón y se colocó otra: una mano con un permanente corte de mangas.

"Prefiero pasar por cabrón antes que por imbécil", pensó (y ahora sí que meto un taco. Porque me da la gana, hale).

Y, con una sonrisa en la cara, se fue a por una cerveza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario